“Ponernos al lado de Jesús en la lucha contra el mal”, reflexiones bíblicas de Mons. Fernando Chica

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“Ponernos al lado de Jesús en la lucha contra el mal”, reflexiones bíblicas de Mons. Fernando Chica

Category : Papa Francisco

“El Papa Francisco nos da algunos consejos prácticos que nos vienen muy bien para vencer en el combate diario contra el espíritu del mal”, afirma Monseñor Fernando Chica Arellano.

“Entonces Jesús fue llevado al desierto por el Espíritu para ser tentado por el diablo. Y después de ayunar cuarenta días con sus cuarenta noches, al fin sintió hambre. El tentador se le acercó y le dijo: «Si eres Hijo de Dios, di que estas piedras se conviertan en panes». Pero él le contestó: «Está escrito: No solo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios»” (Mateo 4,1-4). Con este pasaje del Evangelio según San Mateo, Monseñor Fernando Chica Arellano – observador permanente de la Santa Sede ante los organismos de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación en Roma- reflexiona en el decimotercer programa «Tu palabra me da Vida».

El texto evangélico que acabo de proclamar nos muestra una gran verdad: en el mundo creado bueno por Dios hay mal, pues algunos ángeles, al rebelarse contra Dios, se convirtieron en demonios y buscan apartar a las personas de Dios por la tentación. El fruto de esa tentación, a la que también se sometió Cristo, está presente en cada uno de nosotros, en nuestro mundo y aparece con muchas caras. No podemos quedar impasibles ante las formas del mal, que siempre surgen del alejamiento de Dios. Es lo que aprendemos de Cristo, que siempre miró de frente y entabló contra el mal un combate radical. En su lucha, lo que nunca Cristo hizo fue lo que a menudo nosotros hacemos, a saber: evadirnos, descargar en los otros nuestra responsabilidad, acusar a los demás del mal que sucede en el mundo, culpabilizar a la sociedad o al sistema de lo apurados que estamos. Hay quien, incluso, va más allá y se enfada con Dios, al que imagina distante de las penalidades que marcan la hora presente, mudo y sordo ante las contrariedades que a tantos golpean. Cuántos son los que dicen: ¡A Dios no le importan las lágrimas de los que lloran! ¡Qué equivocados están!

Dios no tolera el mal, porque es bueno y justo, porque busca nuestra salvación. Y de ello nos ha dado muchas pruebas. Él quiere redimirnos de todo lo que nos esclaviza y aflige. Por eso envió a su Hijo al mundo: para liberarnos del dominio del diablo, para rescatarnos del pecado. Y su Hijo murió en la cruz, dio su vida por nosotros y así derrotó de una vez por todas a Satanás, causa última del mal.

A nosotros nos toca ponernos al lado de Jesús en la lucha contra el mal y el pecado. Nos toca tomar nuestra cruz y seguir las huellas de Cristo con confianza y humildad. Con la gracia y la fuerza de Dios, muy unidos a Cristo, hemos de presentar cada día batalla al mal. Busquemos para ello un tiempo para orar, para pedir al Señor que nos libre del mal, que no nos deje caer en la tentación.
Son muchas las tentaciones que nos asaltan. Por ejemplo, la tentación del egoísmo, del consumismo desenfrenado, de la megalomanía, del pesimismo y la mediocridad, la tentación de la indiferencia, el aislarnos de los demás, el endurecer nuestro corazón para que las preocupaciones de los demás nos resbalen y no nos afecten.

El Papa Francisco nos da algunos consejos prácticos que nos vienen muy bien para vencer en el combate diario contra el espíritu del mal. Escuchemos al Santo Padre que nos dice: “En sus respuestas a Satanás, el Señor, usando la Palabra de Dios, nos recuerda, ante todo, que «no sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios» (Mt 4, 4; cf. Dt 8, 3); y esto nos da fuerza, nos sostiene en la lucha contra la mentalidad mundana que abaja al hombre al nivel de las necesidades primarias, haciéndole perder el hambre de lo que es verdadero, bueno y bello, el hambre de Dios y de su amor. Recuerda, además, que «está escrito también: “No tentarás al Señor, tu Dios”» (v. 7), porque el camino de la fe pasa también a través de la oscuridad, la duda, y se alimenta de paciencia y de espera perseverante. Jesús recuerda, por último, que «está escrito: “Al Señor, tu Dios, adorarás y a Él sólo darás culto”» (v. 10); o sea, debemos deshacernos de los ídolos, de las cosas vanas, y construir nuestra vida sobre lo esencial” (Francisco, Ángelus. 9 de marzo de 2014).

Señor, danos hambre y sed de tu Palabra, ayúdanos a ser sembradores de bondad. No nos dejes caer en la tentación y líbranos siempre del mal.


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“Esperanza: es leer el presente con los ojos de Cristo Resucitado”, el Papa en la catequesis

Category : Papa Francisco

TEXTO completo de la catequesis del Papa Francisco en la Audiencia General del último miércoles de febrero, sobre el contenido de la esperanza cristiana.

“Nosotros estamos todavía luchando con las consecuencias de nuestro pecado y todo, alrededor nuestro, lleva todavía el signo de nuestras debilidades, de nuestras faltas, de nuestras cerrazones. Pero, al mismo tiempo, sabemos de haber sido salvados por el Señor y ya se nos es dado contemplar y pregustar en nosotros y en lo que nos rodea los signos de la Resurrección, de la Pascua, que opera una nueva creación”, con estas palabras el Papa Francisco explicó en la Audiencia General del último miércoles de febrero, el contenido de la esperanza cristiana.

Continuando su ciclo de catequesis sobre “la esperanza”, el Obispo de Roma centró su reflexión en el capítulo 8 de la Carta de San Pablo a los Romanos. En este pasaje, afirmó el Pontífice, “el Apóstol Pablo nos recuerda que la creación es un don maravilloso que Dios ha puesto en nuestras manos, para que podamos entrar en relación con Él y podamos reconocer la huella de su designio de amor, a cuya realización estamos llamados todos a colaborar, día a día”. Pero cuando el ser humano se deja llevar por el egoísmo, precisó el Papa, termina por destruir incluso las cosas más bellas que le han sido confiadas. Y así ha sucedido también con la creación. “La experiencia trágica del pecado – subrayó el Papa Francisco – nos dice que se ha roto la comunión con Dios, hemos infringido la originaria comunión con todo aquello que nos rodea y hemos terminado por corromper la creación, haciéndola así esclava, sometida a nuestra caducidad”.

Pero el Señor, afirmó el Pontífice, no nos deja solos y también ante este escenario desolador nos ofrece una perspectiva nueva de liberación, de salvación universal. “Es aquello lo que Pablo pone en evidencia con alegría, invitándonos a poner atención a los gemidos de la entera creación. Si ponemos atención, de hecho, alrededor nuestro todo clama: clama la misma creación, clamamos nosotros los seres humanos y clama el Espíritu dentro de nosotros, en nuestro corazón”.

Texto completo de la catequesis del Papa Francisco.

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!
Muchas veces estamos tentados en pensar que la creación sea nuestra propiedad, una posesión que podemos explotar a nuestro agrado y del cual no debemos dar cuenta a nadie. En el pasaje de la Carta a los Romanos (8,19-27) del cual hemos apenas escuchado una parte, el Apóstol Pablo nos recuerda en cambio que la creación es un don maravilloso que Dios ha puesto en nuestras manos, para que podamos entrar en relación con Él y podamos reconocer la huella de su designio de amor, a cuya realización estamos llamados todos a colaborar, día a día.

Pero cuando se deja llevar por el egoísmo, el ser humano termina por destruir incluso las cosas más bellas que le han sido confiadas. Y así ha sucedido también con la creación. Pensemos en el agua. El agua es una cosa bellísima y muy importante; el agua nos da la vida, nos ayuda en todo. Pero al explotar los minerales se contamina el agua, se ensucia la creación y se destruye la creación. Este es sólo un ejemplo. Existen otros. Con la experiencia trágica del pecado, rota la comunión con Dios, hemos infringido la originaria comunión con todo aquello que nos rodea y hemos terminado por corromper la creación, haciéndola así esclava, sometida a nuestra caducidad. Y lamentablemente la consecuencia de todo esto está dramáticamente ante nuestros ojos, cada día. Cuando rompe la comunión con Dios, el hombre pierde su propia belleza originaria y termina por desfigurar alrededor de sí cada cosa; y donde todo antes hablaba del Padre Creador y de su amor infinito, ahora lleva el signo triste y desolado del orgullo y de la voracidad humana. El orgullo humano explotando la creación, destruye.

Pero el Señor no nos deja solos y también ante este escenario desolador nos ofrece una perspectiva nueva de liberación, de salvación universal. Es aquello lo que Pablo pone en evidencia con alegría, invitándonos a poner atención a los gemidos de la entera creación. Los gemidos de la entera creación… Expresión fuerte. Si ponemos atención, de hecho, alrededor nuestro todo clama: clama la misma creación, clamamos nosotros los seres humanos y clama el Espíritu dentro de nosotros, en nuestro corazón.

Ahora, estos clamores no son un lamento estéril, desconsolado, sino – como precisa el Apóstol – son los gemidos de una parturiente; son los gemidos de quien sufre, pero sabe que está por venir a la luz una nueva vida. Y en nuestro caso es de verdad así. Nosotros estamos todavía luchando con las consecuencias de nuestro pecado y todo, alrededor nuestro, lleva todavía el signo de nuestras debilidades, de nuestras faltas, de nuestras cerrazones. Pero, al mismo tiempo, sabemos de haber sido salvados por el Señor y ya se nos es dado contemplar y pregustar en nosotros y en lo que nos rodea los signos de la Resurrección, de la Pascua, que opera una nueva creación.

Este es el contenido de nuestra esperanza. El cristiano no vive fuera del mundo, sabe reconocer en la propia vida y en lo que lo circunda los signos del mal, del egoísmo y del pecado. Es solidario con quien sufre, con quien llora, con quien es marginado, con quien se siente desesperado… Pero, al mismo tiempo, el cristiano ha aprendido a leer todo esto con los ojos de la Pascua, con los ojos del Cristo Resucitado. Y entonces sabe que estamos viviendo el tiempo de la espera, el tiempo de un deseo que va más allá del presente, el tiempo del cumplimiento. En la esperanza sabemos que el Señor quiere sanar definitivamente con su misericordia los corazones heridos y humillados y todo los que el hombre ha deformado en su impiedad, y que de este modo Él regenerará un mundo nuevo y una humanidad nueva, finalmente reconciliada en su amor.

Cuantas veces nosotros cristianos estamos tentados por la desilusión, por el pesimismo… A veces nos dejamos llevar por el lamento inútil, o quizás nos quedamos sin palabras y no sabemos ni siquiera que cosa pedir, que cosa esperar… Pero todavía una vez más viene en nuestra ayuda el Espíritu Santo, respiro de nuestra esperanza, el cual mantiene vivo el clamor y la espera de nuestro corazón. El Espíritu ve por nosotros más allá de las apariencias negativas del presente y nos revela ya ahora los cielos nuevos y la tierra nueva que el Señor está preparando para la humanidad. Gracias.


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